domingo, 19 de mayo de 2013

Mi papá y los zapatos de velcro




Cuando termino mi entrenamiento en la piscina, cada noche, tras secarme y vestirme, me pongo mis zapatos con velcro, en lugar de cordones, muy fáciles de poner y quitar y en el preciso momento en que ajusto las tiras de velcro, que terminan en una florecita rosa, recuerdo a mi padre.

También lo recuerdo cuando preparándome el desayuno, unto mantequilla en la tostada sin olvidar ni una esquinita. La verdad es que hay infinidad de cosas, momentos y sensaciones que me recuerdan a mi padre, sin embargo, tenía una deuda pendiente con los zapatos con velcro y en cuanto he logrado racionalizar el por qué de ese recuerdo tan recurrente, me he dispuesto a ponerlo por escrito para que no se me escape.

Cuando ajusto las tiras de mis zapatos con velcro, cuando las ajusto muy bien para que no vayan a desatarse por el camino, recuerdo a mi padre, sencillamente porque mi padre ajustaba las tiras de velcro, los cordones o las correas de mis zapatos tan bien que era imposible que se desataran por el camino, también untaba con mantequilla hasta la esquina más rebelde de mis tostadas, me cogía de la mano tan fuerte que parecía que creía que me iba a escapar y cuando íbamos andando por la calle, me apretaba más fuerte aún para que recordara que no iba sola y que nada ni nadie podría hacerme daño; cuando me preparaba el almuerzo, cerraba el termo del zumo con tantísima fuerza que impajaritablemente tenía que pedir ayuda para abrirlo, pero jamás se me escapó una sola gota de zumo, jamás me perdí entre la multitud, nunca me tomé una tostada que fuera algo menos que perfecta y jamás de los jamases se me escapó un zapato al andar.
Y resulta que ahora que nos disponemos a tener hijos, me ha dado por recordar estas cosas, y no sólo estas sino otras aún más impresionantes como que para evitar que me resfriara, mi padre dejaba la ropa sobre la cama, doblada de tal manera que fuera facilísimo vestirme sin que cogiera frío, la ropa se deslizaba literalmente por mi cuerpo como por arte de magia, no sé cómo lo hacía; cuando me negaba a desayunar me traía un tazón de yogurt con cereales bien grande a la cama, cuando tuve la hepatitis me preparaba el suero oral con Sprite para que no me diera cuenta de que era un medicamento y cuando era tan pequeña que ya casi lo he olvidado, me ponía azúcar en la boca cuando lloraba, para que olvidara el motivo de mi llanto.

Mi padre no era de grandes gestos, aunque en el día a día era pródigo en gestas y por eso lo recuerdo cada noche cuando me ajusto las tiras de velcro de los zapatos, porque espero un día tener la paciencia enorme y el amor inmenso para ajustar los zapatos de mis hijos, untarles la tostada, cogerles de la mano, y ponerles azúcar en la boca para que olviden el motivo de sus tristezas y de sus llantos y para que cuando sean mayores y tengan que ajustar sus propios zapatos y sus cuentas con la vida, recuerden que su abuelo me enseñó a ajustar tiras de velcro, a llenar sus vidas de azúcar y a reparar sus corazones rotos y sientan la responsabilidad de ser adultos optimistas a los que nadie podría hacer dudar de su futuro simplemente porque tuvieron la suerte de tener ese abuelo magnífico que nos enseñó y nos sigue enseñando que el mundo es un lugar solitario para la gente honesta pero que hay que ajustarse muy bien los zapatos para no perderlos por el camino y seguir avanzando, siempre hacia adelante.




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